domingo, 1 de noviembre de 2009

El tren de la bruja


El sábado pasado, rompiendo todas las promesas que había hecho hace siete años, volví a entrar en IKEA.
Hasta este sábado sólo había ido dos veces en toda mi vida, con un balance de una mañana/tarde de tortura para adquirir un guardabolsas de plástico, y un oso de peluche que acabó en el trastero porque asustaba al niño por las noches.
Pues bien, como digo he vuelto a entrar en el supermercado de las cosas sin hacer, y el motivo de mi claudicación ha sido comprar un sobrecolchón viscoelástico para los niños, para paliar la dureza de sus colchones.
- De acuerdo – respondí a mi mujer – pero vamos directos a por eso y salimos.
- Sí. Por supuesto. – Dijo.
Yo sabía que esto era imposible, IKEA está diseñado para que recorras la tienda completa por la ruta establecida, pero me autoengañé y me puse en marcha.
Cuando atravesé la puerta de entrada noté como se me cerraba la boca del estómago, mi hija me pidió quedarse en la piscina de bolas, y yo pensé que deberían poner una piscina de bolas para padres/madres, o un bar con tele, periódicos, tapas y serrín en el suelo, lo que viene siendo un lugar acogedor. La petición de la niña no fue aceptada porque íbamos a estar poco tiempo.
Las puertas se cerraron detrás nuestra, como en las películas de terror, y empezamos a subir las escaleras que iniciaban el calvario. Tenía pánico, pero mantuve la compostura lo mejor que pude, iba con mis hijos y tenía que dar ejemplo.
Recogimos un papel cuadriculado y un minilápiz que entusiasmaron a mi hija, pero que a mi me produjeron escalofríos. Para ella era algo con lo que dibujar, pero yo sabía que era la cadena que nos amarraba al infierno.
Pronto nos incorporamos a la columna de almas en pena que seguían en fila india el camino marcado, avanzando de sección en sección, de círculo en círculo, y eché de menos el bucólico viaje en barca cruzando la laguna Estigia con Caronte.
Tras una hora de recorrido, alcanzamos la sección de colchones, y mi hijo me preguntó si cuando compráramos los sobrecolchones nos iríamos. En ese momento decidí que había llegado la hora de tener una charla de hombre a hombre. Me senté en una de las camas de exposición y le dije que se sentara a mi lado.
- Hijo – comencé – Te estás convirtiendo en un adulto, y ha llegado el momento de contarte algo que debes saber.
Sus ojos estaban fijos sobre mi, con una expresión entre asombro y preocupación.
- Esta tienda se llama IKEA – continué -, y es un lugar que sólo tiene una entrada y una salida. Debes recorrer toda la tienda para poder salir.
- ¡Qué! – Exclamó con un grito de terror.
- Sí, hijo. Debes armarte de valor y soportarlo como un hombre.
Noté su lucha interna con el miedo, pero me sorprendió su entereza cuando simplemente preguntó:
- ¿Y falta mucho?
- Sí. – Respondí – Sabrás que estamos en la mitad del recorrido cuando lleguemos a la cafetería.
Adivinando su próxima pregunta, le dije que creía recordar que la cafetería estaba a la vuelta de la siguiente curva.
- Verás hijo, a mi esta pseudotienda siempre me recuerda a una atracción que había en las ferias cuando yo era pequeño: “El tren de la bruja”. En esa atracción te montabas en un tren, que al moverse te metía en una gruta, donde un señor disfrazado de fantasma te daba escobazos hasta que el tren volvía a salir por el otro extremo.
Vi como había cambiado la expresión de su cara. Se estaba convirtiendo en un adulto.
- Ya tengo los dos sobrecolchones – dijo mi mujer a nuestra espalda.
- ¿Ya nos vamos? – Gritaron los niños.
- No – apuntó mi santa – ahora hay que comprar las fundas bajeras.
Mi hijo caminaba abatido, y le pasé la mano por el hombro mientras le señalaba la cafetería para que se animara. Ya faltaba menos.
Cerca de las dos horas de recorrido, con paradas en todas las secciones, llegamos al almacén, donde mi hijo preguntó:
- ¿Qué es esto?
- Esta es la segunda parte del martirio – dije - ¿Te acuerdas del lápiz y el papel de la entrada?
- Sí.
- Pues en él apuntas la localización del artículo que quieres comprar, lo buscas en este almacén y te lo llevas. Y si está en los estantes de arriba pides ayuda a un empleado. Es decir te conviertes en mozo de almacén.
- Pero no hemos apuntado nada. Sólo le han dado un papel a mamá.
- Sí. Eso también es nuevo para mi. De todas formas, la salida está allí, tras la línea de cajas. Solo nos queda soportar ese pedazo de cola para pagar.
- Después de pagar tenemos que salir de esta nave y entrar en otro almacén que hay a la derecha a que nos den los sobrecolchones – reveló la voz de mi mujer –
Hasta Rambo se habría desmoronado en ese momento, pero ambos aguantamos.
Durante la espera en la cola terminé de explicarle que las cosas te las daban desmontadas y que las tenías que montar tú en casa. Su cara era un poema, pero creo que mi obligación era explicarle la realidad con la máxima crudeza.
En el almacén estuvimos unos quince minutos, esperando los dos sobrecolchones, pero sólo nos entregaron uno porque, según nos dijeron, no había más existencias.
- ¿Y esto no lo sabía el ordenador de la tienda cuando nos lo han vendido? – Pregunté –
- No se preocupe. Se le abonará el dinero del que falta. – Respondió el empleado.
El empleado-íncubo, sabía perfectamente que eso no era lo que me preocupaba. Mi mente se había bloqueado pensando en que habría que volver otro día. Me volví hacia mi hijo y le dije que no se preocupara, que la próxima vez volvería yo sólo. Su expresión reflejó alivio, y pensé que, aunque estaba creciendo, otra visita a IKEA podría provocarle la aparición de las primeras canas, y debe envejecer paso a paso.
Al salir del almacén me pareció oír la sardónica risa de los súcubos e íncubos, al más puro estilo de las películas de terror.
No podía permitir que una imagen tan dura quedase grabada en el recuerdo de mi hijo, así que los llevé a comer a un McDonald del centro y, al terminar, dimos un paseo por la calle Montera.

12 comentarios:

molinos dijo...

Exageradoooooooo....lo que pasa es que no vas como hay que ir. Primero, NUNCA en fin de semana y NUNCA con los hijos.

Ya te enseñaré a ir a IKea...además veo que todo era una treta para tener excusa e ir a por comida basura.

hitlodeo dijo...

No sé Moli. Todavía me tiemblan las piernas. :))

Simone B dijo...

Jajajajjajajajja ayyyy que me atraganto..no sabes lo que me he reído jajaja

Sabes que yo nunca he estado en IKEA?..aquí en Valencia no existen porque no se lo permiten las muchas empresas de muebles locales, y cuando he ido a ciudades en que sí que están nunca he tenido oportunidad.

Pero te entiendo..odio los sitios así, me metes en un Leroy Merlin o similar y me matas, asi que imagina con lo que acabas de describir...me pensaré si conocer algún día IKEA..

Saludos!

Yo no me hago el sueco dijo...

Tuve una experiencia similar hace siete u ocho años. Recuerdo que le dije a mi entonces novia, hoy señora de la Hoz: Una y no more Santo Tomás. A mí no me han vuelto a enredar.
Tu relato es digno del maestro Poe: ¡¡Terrorífico!!

hitlodeo dijo...

Simone, si lo ponen en Valencia no vayas. Leroy Merlin es un juego de niños comparado con esto.
Creo que después de Karadzic el Tribunal Penal Internacional va a juzgar al fundador de IKEA. :))
Un abrazo

hitlodeo dijo...

Suerte has tenido Sueco. Pero no bajes la guardia. Mirame a mi, siete años sin ir, claudico, y me tienden una trampa para que tenga que volver.
Como ya he dicho en el relato me inmolaré e iré yo solo. Solo ante el peligro, como Gary Cooper.
Un abrazo para ti y la family.

Sebastián Puig dijo...

Nen, has estado sembrado. Orejas y rabo. Muy pero que muy bueno. ¡Qué bien me lo he pasado leyendo!

hitlodeo dijo...

Gracias Sebas. Si por lo menos os hace pasar un buen rato habrá merecido la pena la tortura.
El Jueves volví yo solo, como le había prometido a mi hijo, y compré el sobrecolchón (IKEA le llama colchoncillo) que faltaba. Al llegar a casa mi hija me dijo:
"Gracias papá. Me has traido el colchón, con lo poco que te gusta esa tienda. Eres el mejor padre del mundo".
Y que quieres me ablandé.
Un abrazo

puerto blázquez dijo...

¿ese piropo de tu hija ¿hará que te pegues otro paseito por ese IKEA que he reconocido a la perfección? Jajaja, tu relatto es fantástico. Gracias.
Nos vemos, en Alcorcón, por supuesto.
besinos, Puerto

hitlodeo dijo...

Bienvenida Puerto.
Sí tienes razón, es el de Alcorcón. Pero espero que te equivoques en lo de regresar a él.
Un abrazo

JuanRa Diablo dijo...

JAJAJAJAJA. Brutal!!

Me vas a llamar privilegiado porque jamás he estado en un IKEA, pero como siento escalofríos parecidos en grandes superficies con largas colas me creo totalmente lo que dices, por mucho que proteste Molinos.

Qué hermosa conversación hombre a hombre :D

hitlodeo dijo...

Hola JuanRa.
Hace dos o tres semanas, un amigo me decía que habían abierto un IKEA en Jerez, y que su mujer le había dicho que podían ir. Yo, como buen amigo, le avisé, le conté lo que se iba a encontrar, que no fuera, etc.
Pero supongo que pensó que estaba exagerando. Nos volvimos a ver el lunes siguiente y ya había ido. Su cara había cambiado. Ahora lo entendía todo y no quiere volver.

La charla con el niño fue real. Creo que es mi obligación como padre prevenirle sobre los peligros de este mundo.
:D
Un abrazo