viernes, 12 de diciembre de 2014

CAMINANDO. PARALAIA Y SANTA COMPAÑA

Galicia es un lugar de España plagado de leyendas y misterios. Desde aquella que dice que las Rías las creo Dios al agarrar la Tierra para hacerla girar, hasta las más conocidas leyendas de las pandillas de aparecidos que ellos llaman La Santa Compaña, que si te tropiezas con ella te unes al grupo para siempre, como un juerguista a una panda de licoretas.
 
En los caminos encuentras cruceiros, normalmente de piedra, en los montes ermitas, los balcones y rejas de las casas se adornan con la planta de las brujas. La altura de sus árboles llega a ocultar el Sol en los senderos. El clima lluvioso y las nieblas hacen que el decorado sea inmejorable para estas historias. Porque no son más que historias, leyendas, cuentos. ¿O no? Porque como dicen allí: as Meigas no existen, pero haberlas haylas.
 
Hoy voy a confesaros por qué me gusta perderme por los bosques gallegos, y por qué no tengo miedo a encontrarme con las Almas en Pena.
 
Hace muchos años me encontré con La Santa Compaña y, como cuenta la leyenda, quedé atrapado en el grupo, condenado a vagar por los montes gallegos por toda la Eternidad. ¿Qué cómo conseguí salir? Os revelaré esto al final del post. No fue sencillo, y quedé vinculado a ellos para siempre. Y no, no tienen nada que ver con mi suegra. ¡Qué me vais a buscar un lio!
 
Recuerdo que aquel día, nada más comenzar el paseo me fijé en uno de los antiguos lavaderos de ropa. Este se encontraba hundido en la tierra. Había que bajar en dirección al inframundo para llegar a él. Me llamó la atención, pero no le di importancia.   
 
 
 
 

 
 
Tal como dejaba atrás el lavadero me crucé con esta pareja de gatos, dueños y señores de su territorio. No tenían ningún miedo. Estaban tranquilos, y simplemente observaban a los viandantes. O quizás avisaran de ellos.
 
 
 
 
 
 
 

Al entrar en la zona boscosa, me fijé en la especial relación de la hiedra con los eucaliptos. Aunque más que una simbiosis me temo que aquella es un simple parásito del árbol. Se debe nutrir de él y además alcanza la luz que este le niega. El bosque es un lugar peligroso, y las señales se encuentran por todas partes. Solo debemos ser capaces de ver las advertencias.
 
 
 


 
Prueba de lo dicho anteriormente es lo que encontré a continuación. En medio del monte, entre los árboles, fuera del alcance de la vista, había una ermita cerrada. Quizás porque aún era de día.
 
Ciertamente tenía mucho encanto, y atraía a cualquiera que pasara hasta sus muros. No dudo de que, si hubiera estado abierta, habría entrado en ella. Y quién sabe lo que habría encontrado.






Mas como se me negó el acceso me giré para continuar el paseo, y frente a los senderos encontré un cruceiro de piedra. También abundan por estos lares, aunque no es habitual verlos en medio del monte. Noté una brisa fría recorriendo mi espalda. La humedad de la zona, pensé.





 
 

Sin embargo, apenas había subido unos cuantos metros comencé a ver una extraña niebla. Una niebla espesa, que se movía rápido y envolvía el camino. Más parecía el aliento del Diablo.
 
 



 
A pesar de todo lo visto continué mi paseo. ¿Por qué no habría de hacerlo? Solo era niebla, bosque y construcciones religiosas de antaño. Aunque ciertamente parecía como si hubiera viajado en el tiempo varios siglos atrás. Esos caminos de tierra, flanqueados por los gigantescos eucaliptos. Solo faltaba el ir y venir de caballos y carretas. 



 
 
 
Incluso, en ciertos rincones puedes encontrar mesas para pasar el día en familia. Una agradable tarde de familia en el campo. ¿O una trampa de almas perfectamente urdida?
 
 

 
 
 
Recuerdo que en cierto momento, como en tantas otras ocasiones, tuve que decidir que camino tomar en una bifurcación. No me acuerdo si tomé la senda de la izquierda o la de la derecha, y creo que habría dado lo mismo, finalmente habría encontrado el sendero tenebroso de la imagen.
 






 



Sendero al final del cual se encontraba en su continua procesión La Santa Compaña.
 
Como manda la tradición me uní a ellos. Alguien del grupo me cubrió con una túnica de color marrón con capucha, y deambulamos por el monte con paso cansino al ritmo de los murmullos de las almas.

 




A nuestro paso, justo donde nuestras pisadas hollaban el terruño, crecían setas y hongos venenosos. Éramos portadores del mal, en todos los aspectos. No lo provocábamos, todo el mundo tenía siempre elección. Pero si elegía mal su suerte estaba echada. 




 
 
El líder de la procesión en cierto momento se detuvo, y señaló una roca gigantesca. Ésta se abrió en dos y dejó ver a un paisano agazapado que trataba de evitar el contacto con las almas peregrinas. ¡Infeliz! En cuestión de segundos se había unido a la marcha.
 
 



 
La niebla volvía a aparecer. Parecía como si surgiera del aliento del guía del grupo. Aquél a quién, al partir la roca, me había parecido ver unos ojos rojos bajo su capucha.
 
 
 



 
 
La niebla se espesaba a cada paso. Incluso se percibía un ligero olor desagradable.
 
 
 


 

 

 
 
 
 
En cierto momento, entre la niebla surgió una cruz. Una gran cruz de unos cinco metros de alto. Y sin saber el motivo me dirigí hacia ella.
 
No había avanzado más que unos pocos metros cuando sentí la mirada de fuego del guía clavada en mi espalda. Aunque la sensación fue la de un pinchazo y un escalofrío.
 
Me giré hacia él y vi su mirada roja de ira, profunda como el mar, un mar de almas en pena que se extendía en su cristalino.
 
 






Aún así una fuerza inexplicable me arrancó del hechizo y me hizo dirigirme hacia la cruz. Llegué hasta ella y toqué su madera.


 




Conforme despertaba del hechizo veía como se disolvía la niebla. El aliento del guía de la Santa Compaña perdía fuerza poco a poco, hasta desvanecerse por completo.










Finalmente, una vez libre comencé el camino de regreso, contemplando esos bosques que aún hoy continúan hechizándome. Esos árboles, ese musgo, esos helechos, y ese ambiente mágico que te invade cuando te internas en estos montes.


 








Por eso hay tantas cruces y cruceiros en los montes gallegos. Es la única forma de librarse de la maldición de vagar toda la eternidad por ellos.

No obstante, nadie sale indemne del encuentro con la Santa Compaña. En mi caso, lo último que escuché decir al líder del grupo fue: ¡Vete! Pero mi maldición viajará contigo de por vida. Cocinarás para todos hasta el final de tus días. Y como podéis ver en el blog, pago mi condena a diario.



 

viernes, 21 de noviembre de 2014

VERDURAS EN PAPILLOTE

Ha pasado Halloween, y después de todas las películas de miedo que he visto, de las historias de fantasmas y aparecidos que he contado, de los menús terroríficamente divertidos que he preparado, y de los trucos o tratos que he vívido, me ha quedado un complejo de Freddy Krueger (aunque lo que realmente daba miedo era esa marca de tabaco: Kruger, quizás de ahí sacaron el nombre del protagonista de Pesadilla en Elm Street).
 
La cuestión es que me ha dado por despellejar, cortar en tiras todo lo que se pone a mí alcance, y terminar como Hannibal Lecter: cocinándolo y comiéndomelo. La mirada de loco ya la tenía antes de Halloween.
 
Esta receta va de mi nueva faceta sádica y sanica.
 
Necesitaréis:
 
Brécol
Repollo
Zanahoria
Cebolla
Pimiento rojo
Mostaza
Aceite
Sal
Pimienta

 
 
 
 



 
Cortamos todas las verduras en juliana. Aquí actúa el espíritu de Freddy, o el de Eduardo Manostijeras. Como os guste más.
 
Podéis ver la escabechina abajo.






Colocamos un poco de aceite y una cucharada pequeña de mostaza en el mortero. Curiosamente el mortero es una de las herramientas predilectas de brujos y brujas.







Añadimos un poco de sal y pimienta. Luego batimos todo hasta conseguir una salsa más o menos homogénea.







 A continuación colocamos las tiras de verdura en un papel para el horno, y las regamos con la salsa.
 






 Luego cerramos el papel formando un saco, y lo colocamos en una fuente para el horno.
 



 
 
Precalentamos el horno a 180 grados durante unos diez minutos, e introducimos la fuente, dejándola cocinarse 15 minutos. Os recuerdo que conviene vigilar el horno por si tenemos que sacarlo antes.
 
 



 
 
Finalmente sacamos el saco del horno, lo abrimos, y volcamos el contenido en un plato.
 



 










El resto es sencillo: no parar de zampar hasta que el plato esté vacío.
 
 
Una receta sencilla, sabrosa y muy sana. A pesar de surgir de las entrañas del averno.
 
 
Disfrutadla.
 
 
 
 

viernes, 14 de noviembre de 2014

COSTILLA CON NÍSCALOS DE PILAR


Esta receta es el vivo ejemplo de la frase: en todas partes cuecen habas. En mi anterior trabajo tenía mis charlas e intercambios culinarios con mis compañer@s de trabajo, y en este no podía ser menos. El círculo de cocina se amplía, ya que el grupo anterior nunca se ha disuelto, se ha mantenido vía correo electrónico y blog. Y en esta nueva ubicación no hay día que no salga salivando y con los jugos gástricos pidiendo marcha. La charla coloquio sobre restaurantes, recetas,..., a ciertas horas surge sola. Todo menos hablar de trabajo, eso sería de mala educación.
 
Hace unos días mi compañera Pilar me comentó que había hecho unas costillas adobadas con níscalos (también conocidos como rovellons), que le habían salido buenísimas. Automáticamente comencé a salivar. He llegado a pensar que experimenta conmigo como Paulov con sus perros. Con los ojos en blanco y cara de Homer Simpson, logré articular las siguientes palabras: Níscalos, ¡Aaaarrrggglll!, ¡Costilla. Receta poder tu daaar!. Como es muy buena persona, y ya me conoce, entendió lo que quería decir y me dio la receta. Receta que me apresuré a hacer porque la temporada de rovellons se acaba pronto. Y el resultado es una delicatesen.
 
Gracias Pilar.
 
Necesitaréis:
 
1 Bandeja de Nícalos (Rovellons)
2 patatas por comensal (más o menos)
1 Kg de costilla de cerdo adobada
1 Vaso de vino blanco
½ Cebolla grande
3 Dientes de ajo
1 Hoja de laurel
1 Pastilla de caldo de carne
Aceite
Sal
 
 
 


 
 
 
Picamos el ajo y la cebolla.




 
 
Quitamos la tierra de los níscalos pasándolos un poco por agua.
 
 




Cogemos la olla a presión y,... No, no hacemos una bomba, que habéis visto demasiadas pelis de Chuck Norris, ese hombre que se come los higos chumbos como si fueran pepinillos, sin pelar. Bueno, ponemos aceite de oliva en el fondo de la olla a presión.
 


  

 
 
 
Pelamos y chascamos las patatas, es decir, las cortamos en trozos y damos un tirón antes de terminar el corte.
 
 






Calentamos el aceite y le agregamos el ajo y la cebolla, revolviéndolos hasta que estén algo pochados.
 







Añadimos la costilla adobada y la doramos un poco.


 

 
 
 
Añadimos un vaso de vino blanco y removemos unos minutos para que se evapore el alcohol.
 
 
 




 
 
Agregamos agua hasta que justo cubra la costilla, añadimos la pastilla de caldo de carne y la hoja de laurel.










Cerramos la olla y ponemos el fuego al máximo (en mi caso llega hasta el 6) hasta que suba la válvula de la olla, en ese momento bajamos el fuego hasta la tercera parte (en mi caso lo dejo entre el 2 y el 3), y lo dejamos cocer media hora. Se trata de que al terminar la carne de la costilla se desprenda del hueso con solo tocarla con la cuchara.   










 
 
Mientras se cuece la costilla, cortamos los rovellons lavados en trozos.
 
 




Al pasar la media hora abrimos la olla, con cuidado, dejando salir el vapor primero.
Una vez abierta añadimos los níscalos y las patatas, y algo de agua si hubiera poco caldo. Si os gusta espeso no añadáis nada de agua, o echar muy poca.
Dejadlo cocer a fuego medio hasta que la patata esté hecha.








Finalmente obtendréis una delicia como ésta.










Simplemente delicioso. Os lo recomiendo a todos.