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domingo, 4 de noviembre de 2018

CAMINO SCHMIDT Y SIETE PICOS

Hace ya un par de años que mi espalda se resintió de nuevo. Esta vez controlé más la situación puesto que ya conocía los síntomas y los efectos ¡Hay que ver lo que cambia tu actitud cuando conoces el mal que sufres!

El tratamiento a seguir era igualmente conocido, siete años antes lo seguí. En un primer momento reposo, relajantes musculares, fisioterapia y, esta vez, salir y pasear a pesar de los mareos. Esta vez sabía que no me caería redondo, que solo era una sensación de inestabilidad. Más tarde, volver al gimnasio a fortalecer la zona afectada con ejercicios supervisados por una fisioterapeuta, calorcito y crema para relajar la musculatura hasta que esta se acostumbrara.

Llegó el verano y, aunque sabía que la recuperación llevaría su tiempo, la paciencia no es una de mis virtudes, si es que tengo alguna. Así que decidí, en un momento en que nadie miraba, escaparme a Siete Picos, en la sierra de Madrid, para probar si podía caminar durante un buen rato por el monte. Esto es algo que me gusta mucho. La naturaleza es un lugar fantástico.

Así pues, me adentré en el Camino Schmidt intentando seguir una ruta de apenas 9 kilómetros, que subía hasta Siete Picos. Todo fue de maravilla. Un sendero de bajada hasta un riachuelito.








Hasta que llegado un punto la bajada terminó y, como me encontraba bien, decidí continuar con la subida. En un principio no era muy pronunciada, pero en cierto momento alguien inclinó el plano de tal forma que tuve que parar dos veces para subir 200 metros. Era la prueba de que no estaba en una forma física siquiera similar a la de hace un año. Pensé en volver por donde había venido, pero el orgullo y una mente analítica que me decía que, aunque tuviera menos pendiente, tendría que subir la cuesta que bajé al comenzar el paseo, me convencieron de seguir adelante.






La recompensa llegó al alcanzar la cima. llegué a uno de los siete picos que dan nombre a la montaña. Me encontré con otros excursionistas que me indicaron por donde seguir para volver al lugar donde había dejado el coche, y cuales eran los picos más fáciles de subir.

La vista era maravillosa, eso sí, estaba agotado.
















Aún cansado conseguí subir a uno de los picos. Este era de bastante fácil acceso y el espectáculo era digno de las mejores salas de cine.








Continué caminando, en busca del primer pico, que era el más fácil, según me dijo una pareja, y que tenía un punto geodésico.

En el camino pude observar curiosas formaciones rocosas.















Incluso pase por debajo de esta puerta natural.






Finalmente alcance la base del primer pico, pero no pude encontrar la forma de acceder a su cima. Solo vi una manera, pero me parecía algo complicada, y peligrosa, dado mi estado de forma y el cansancio acumulado.

Por fortuna, en este mundo siempre hay gente que aparece cuando la necesitas para echarte una mano. Una familia de Segovia estaba dando un paseo por la zona, algo que según el padre hacían muy a menudo. Él me explicó por donde se subía, que era por donde yo había supuesto, así que le di las gracias y le dije que lo dejaba para otra vez, porque viniendo solo y con lo agotado que estaba no me fiaba de mis fuerzas para encaramarme a la roca que me daba acceso al resto de la subida. Su respuesta me dejó de piedra. 

- Tú no te quedas con el gusto de subir arriba. Subo yo primero, te indico y te ayudo si hace falta. Vengo muchas veces por aquí.

+ Pero le voy a fastidiar el paseo con su familia. Respondí

- Ni mucho menos- Contestaron él y su mujer - ¿Vamos?

Y fuimos. Me indicó el camino, me ayudó en el primer tramo y me pude dar el gustazo de llegar al punto geodésico. Incluso me hizo una foto. 







Bajamos y les di las gracias a él, a su mujer y a su hijo. En el monte la gente se ayuda mucho, quizás es porque estamos lejos de la ciudad, y de sus prisas y atascos.

Continué de regreso hacia el coche, cansado pero contento y feliz. Siempre agrada encontrar gente así.







Pero la aventura no había terminado. Con lo que me había costado subir a esta montaña, de repente miré a mi derecha y vi a unos 30 metros de distancia a estos simpáticos animalitos.






Ni que decir tiene que pensé que si se arrancaban a correr a por mí, mi única opción era marcarme un Don Tancredo, porque no tenía fuerzas para correr.

Gracias a Dios siguieron a lo suyo.

Pesan media tonelada y suben hasta allí tan frescos ¡Tengo que adelgazar!

Continué mi camino de regreso observando más formaciones rocosas extrañas, y encontré la Virgen de las Nieves.















Finalmente avisté el lugar donde había dejado el coche y me dirigí hacia él.






La vista del monte conocido como la Bola del Mundo era grandiosa desde mi posición.











La prueba de mi estado de forma fue prematura, pero no un fracaso. Quizás la realicé demasiado pronto, pero la experiencia en su conjunto fue muy buena. Ejercicio, superación, encuentro con gente encantadora, contacto con la naturaleza y no rendirme.

Ya ha pasado un año desde esto y mi forma física ha mejorado mucho. Lo que demuestra que hay que seguir hacia adelante siempre. Hacia atrás solo para coger carrerilla.




sábado, 7 de febrero de 2015

CAMINANDO. CABO UDRA

Como ya os conté soy un verso suelto de la Santa Compaña, por eso me encanta descubrir paisajes gallegos, y si va acompañado de un día nuboso, o de gigantescos árboles que tapan la luz del Sol para conseguir una mejor ambientación, pues miel sobre hojuelas.
 
En este caso el guía fue mi cuñado Pedro, quien al ver que el día no daba para playa propuso que los niños se desfogaran paseando por el monte. Y así nos dirigimos hacia Cabo Udra.
 
Al llegar aparcamos, y como podéis ver en la foto el día prometía de todo menos dejarnos pasear. Aún así nos arriesgamos.
 
 
 

 
 
Al lado del aparcamiento, había un par de caballos, o mulos, o..., semovientes a fin de cuentas, con los que nuestros hijos se entretuvieron un buen rato, y así los semovientes de sus padres tuvimos unos minutos de descanso.
 
 






Poco más tarde, echamos a andar a través del bosque, por el sendero marcado, pero en cierto momento mi hijo y yo leímos un cartel que decía CHOZOS DO CHAN. Yo sabía que chan era suelo en galego, pero chozos, aunque se parecía a choza, no conseguía imaginar su significado. Me volví para preguntar a mi familia Celta, pero ya estaban algo lejos, así que nos miramos mi hijo y yo y dijimos: ¡Vamos, ya les alcanzaremos luego!
 
Y descubrimos que los Chozos do Chan eran casas, chozas, que se construían aprovechando grandes rocas del suelo. La verdad es que algunas eran una maravilla.
 
Son muy conocidas las cuevas de Almería y Granada, porque aún vive gente en ellas, pero esto es una maravilla histórica.
 
Según parece eran refugios que utilizaban los pastores en el siglo pasado.








Nos metimos dentro de algunas de ellas, y aunque no eran muy espaciosas servían bien a su propósito. No obstante, había una con mejor habitabilidad en la que no entramos, porque desde la puerta se podía ver que también la usaban en este siglo para diversos menesteres. 

La vista de dentro hacia fuera era ésta.





 
Y desde la puerta se podía ver el habitáculo. Para que os hagáis una idea os pongo la foto abajo. En este no podías estar de pié. También es cierto que en el siglo pasado eran más bajitas las personas.
 






Aquí os dejo la imagen de otro más amplio y en el que si te podías poner de pié. Este tenía hasta un ventanuco en un lateral.








Aquí aparece el intrépido explorador de mi hijo entrando en él, con sus pantalones caídos. Tengo una foto del ventanuco, pero sale mi hijo sentado en él como si fuera la taza del váter. Recuerdo que me dijo, espera que subo por el otro lado y me haces una foto. Así que le hice una foto desde dentro con él sentado por fuera. Hay fotos a vista de pájaro y fotos a vista de mojón. Esta pertenece a la última clase ¿A quién habrá salido este payaso? Aunque la verdad es que nos reímos un rato.  




 

 
El siguiente es el más grande que vimos. El que os he contado que aún le daban uso los lugareños para ciertos menesteres.
 
Las vistas son una maravilla.




 







 
Después continuamos mi hijo y yo caminando para intentar encontrar al resto de la familia, y nos metimos por varios senderos, llegamos a los acantilados, vimos caballos salvajes cuya presencia habíamos detectado hacía tiempo por la cantidad de cagadas que tuvimos que esquivar. Era un verdadero campo de minas.
 
El paisaje abrupto y rocoso, arropado por las nubes era una delicia. Podías ver las Islas de Ons y Onza en el horizonte.
 




 
 
Y mirando hacia el suroeste aparecía esta maravilla.
 
 





Volvías a girar la cabeza y te encontrabas con otro reto para un pintor.




 

Finalmente nos encontramos con el resto de la tropa, se subieron a las rocas, cogieron moras, se mancharon con ellas, se llevaron broncas,..., se lo pasaron en grande.
 
Y no sé bien como, terminando de recorrer la zona, nos giramos, y vimos uno de los mejores espectáculos de la naturaleza. No, no es Claudia Schiffer. Es una puesta de Sol sobre el mar y bajo las nubes, iluminando las Islas de Ons y Onza como si fuera el Día del Juicio Final. Realmente parece que ha subido el Infierno a la Tierra. Se pueden adivinar las llamas, y me parece ver a JuanRa al fondo.









 

De regreso al coche, con un sabor de boca inmejorable por las maravillas con las que la naturaleza nos había deleitado, nos encontramos de golpe con la dura realidad de este Mundo. Antes de salir del entorno, antes de llegar a los coches, en este paraje bucólico, aparecía un chalet inmenso que materializaba en ladrillo el dicho: "No hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor." La imagen de la entrada al chalet lo dice todo. Por menos de esto echó Dios a Adán y Eva del Paraíso. 

 


 

 
 
 
¡Y tenía dos! Uno a cada lado de la puerta.
 
 
Espero que os hayan gustado las imágenes. Y si podéis pasad a visitarlo, merece la pena.