La semana pasada empezó a gotear el grifo de la cocina. Se dio cuenta mi mujer.- El grifo gotea - dijo.
- ¿Has pedido cita en el pediatra? - contesté distraido.
- ¿Qué dices? - Preguntó elevando el tono.
- Nada. Voy a verlo - contesté mientras pensaba que me iba a perder una noche más el episodio de Vaya Semanita.
Una vez estudiada la avería. Es decir, una vez terminé de mirar con cara de intriga el grifo moviendo cada cierto tiempo el monomando, emití mi veredicto.
- El monomando pierde agua. Debe ser de una junta, o de otra cosa, y no sé desmontarlo.
- ¿Entonces? - preguntó.
- Propongo cerrar las llaves de los latiguillos cuando no usemos el grifo, y llamar a un fontanero.
Al día siguiente conseguimos el teléfono de un fontanero recomendado por miembros de mi familia, pero antes de llamarlo me encontré con mi hermano pequeño, que es un manitas, y me dijo que el grifo era muy viejo, que me compensaba cambiarlo, y que me podía ahorrar la pasta del fontanero si lo hacía yo, que era igual de fácil que cambiar el teléfono de la ducha.
Lo de manitas a mi hermano le viene, según mi madre, desde pequeño que cuando le regalaban algo, lo primero que hacía era desmontarlo. Pero, volvamos con la historia, porque huelga decir que me convenció, y que me decidí a acometer la tarea. De hecho empecé a elaborar un plan. ¿Para qué necesitaba un plan se preguntarán algunos? Los que se lo hayan preguntado están solteros.
Mi lado oscuro se había adueñado de mi. Y me aposté a esperar mi oportunidad.
El viernes por la tarde mi mujer me preguntó si necesitaba hacer algo el sábado por la mañana, que ella tenía que salir y necesitaba que me encargara de los niños. El plan empezó a tomar forma en mi cerebro.
- Yo sólo necesito salir a por el grifo al Leroy Merlin - dije, cruzando los dedos.
- Vale. Cuando vuelvas salgo yo - dijo mi mujer.
En este momento hice un repaso mental de todo lo que necesitaba: llaves planas, sí; destornillador, sí; suerte, ya veríamos.
Sábado por la mañana.
- Me voy al Leroy (gran bailarín) a por el grifo - grité desde la puerta.
- No quiero ninguno que no sea de la marca Mosquis o Pisquis - me amenazó una voz femenina desde la habitación.
- Ya empezamos
- ¿Qué dices?
- Nada. Que vuelvo pronto.
Entré en el Leroy y me fui directo a la sección de cocinas. Me planté ante el panel de los grifos, y de entre los cientos que allí colgaban no había ninguno de la marca Pisquis. Bien, pensé, la búsqueda se reduce. Había tres modelos de la marca Mosquis. He de confesar que en ese momento ya sabía que la cagaría en la elección, pero más tarde elaboraría una excusa. En estas situaciones se entiende realmente la tortura que sufrían los concursantes del "Un, Dos, Tres".
Mis movimientos fueron rápidos y precisos. Me dirigí a una dependienta y le pregunté por la sección de asesoramiento matrimonial. Me contestó que allí no había nada de eso, me miró con cara extraña y agarró el walkie que le comunicaba con seguridad.
- Verá señorita. Necesito elegir un grifo de cocina de la marca Mosquis, y hay tres modelos, por eso me gustaría contar con un asesor matrimonial, porque la elección del modelo equivocado (cosa que tenía el 100 % de las probabilidades) puede provocar mi tortura psicológica y una crisis matrimonial.
- No tenemos nada de eso aquí - me contestó -, pero puedo decirle las características de cada uno para ayudarle a decidir.
- De acuerdo - le dije -, pero además debo pedirle que me diga cual elegiría usted.
- Está bien. - Aceptó, a la vez que soltaba el walkie al comprender que no era un tipo peligroso, sino un casado inconsciente que se había atrevido a hacer una chapucilla en su casa.
Me aconsejó uno, y creo que le di algo de pena, porque me lo dejó preparado para llegar a casa y colocarlo. Además me dijo todo lo que tenía que hacer, y las cosas con las que tenía que tener cuidado. Un chica encantadora.
Al regresar a casa mi mujer salió al mismo tiempo que yo entraba.
- ¿Qué marca es? - preguntó.
- Mosquis - dije.
- Hasta luego.
Tal como salió pulsé el cronómetro, tenía poco más de una hora para hacerlo mientras ella estaba fuera. En mi cabeza empezó a sonar la música de Misión Imposible.
Llamé a mi hijo L. y le dije que me tenía que ayudar. Que trajera las llaves planas mientras yo vaciaba todo el armario de debajo del fregadero. Había más productos de limpieza que en Mercadona, pero lo conseguí vaciar en cinco minutos. Estábamos en tiempo.
Cerré las llaves de paso, busqué las llaves planas que me hacían falta, la 20 y la 14, y desmonté el grifo viejo. Incluso conseguí evitar que el agua chorreara sobre el mueble.
- Vamos bien L. - le dije mientras me secaba el sudor.
Limpieza del soporte, colocación del nuevo grifo y conexión de los latiguillos. Diez minutos más. Todo iba sobre ruedas.
- Vamos a probar que he puesto cada latiguillo en su sitio. - dije-.
- ¿Para qué? - Preguntó L.
- Para que cuando gire el grifo hacia el rojo salga caliente en lugar de fría.
L. sujetaba el grifo y yo abrí lentamente las llaves de paso. No goteaban, y hacia el rojo salía caliente y hacia el azul salía fría.
- ¡Somos cojonudos! - Grité, liberando adrenalina.
- Que bien papá. Ahora colocamos estas gomas y ya casí está ¿No?
- ¿Qué gomas?. ¡Dios! Soy gilipollas. Hay que desmontarlo y poner esas gomas para volver a montarlo.
Había perdido quince minutos, pero por suerte no estaba mi mujer cerca para restregármelo, y podía trabajar tranquilo. O eso creía yo, porque en ese momento Chispita (mi perra) empezó a ladrarme en la oreja y no paró. ¿Cómo habría conseguido enseñarle a hacer esto? Yo sólo consigo que me dé la pata cuando le doy una galleta.
Finalmente, con la ayuda de mi hijo conseguí completar la tarea, no sin antes pillarme un dedo con una de las tuercas, soportando un estrés que no lo aguantaría ni el broker más duro de Wall Street. Durante todo el tiempo Chispita se mantuvo ladrando a mi lado, incansable, aunque en mi cabeza sonaba música de requiem.
Justo al terminar, pero sin darme tiempo a colocar los productos de limpieza en su sitio, escuché la cerradura de la puerta de la calle. Activé el plan B. Me puse un lápiz en la oreja, y me bajé el chandal un poco para enseñar hucha.
- ¡Hola! - Saludó mi mujer.
- ¡Hola! - Dije sin levantarme ni girarme para que pudiera apreciar mi pose ñapa-sexi - Esto ya está.
- ¿No había otro grifo? - Dijo - No me gusta el cuello de cisne que hace.
- Sí. Cientos. Pero de la marca Mosquis sólo tres. Y lo del cuello de cisne es la moda de este año. Me dijo la dependienta que este año venían así - dije, aplicando la excusa que había elaborado desde el momento que tuve la certeza de que siempre me equivocaría en la elección.
- Pero, fíjate - Insistí- No pierde agua por ninguna junta, cabe la olla debajo, y sale agua caliente y fría.
La debí pillar en horas bajas, porque no insistió más. Agradecí a mi hijo la ayuda. No sólo quería que me ayudara, quería que viera a que se tendría que enfrentar de mayor. Creo que es mi obligación ir enseñándole las cosas de la vida. Todavía es muy pequeño y piensa que el puenting es un deporte de riesgo. Ahora ha visto que al lado del Bicolaging Married, comer escorpiones vivos es un juego de párvulos. Necesité tres valiums y dos whiskies para bajar de las 150 pulsaciones.
Más tarde le expliqué a mi hijo que en el colegio también le preparaban para esto. Sólo tenía que fijarse un poco.
- Es evidente que a tu edad sabes sumar, restar, multiplicar y dividir - le dije -, y que si te dan todo el tiempo que necesites harás bien todas las operaciones combinadas que te pongan. Pero no se trata de aprender a calcular, eso ya lo sabes hacer. Se trata de aprender a hacer una tarea soportando el estrés, para que cuando seas mayor consigas hacer una chapuza casera aprovechando el tiempo en que tu mujer está fuera de casa, o al lado tuyo "apoyándote moralmente".
Espero que mi mujer no lo lea. Por si acaso ya he preparado un saco de dormir en la terraza.