viernes, 15 de noviembre de 2013

ALBÓNDIGAS LOREN

Estaba un Sábado sentado en el sofá viendo una peli, y no sé por qué se me ocurrió que podía hacer albóndigas. Casualidades sin explicación alguna.

La receta de las albóndigas la estudié en varios manuales, y pregunté a la madre que me parió. Con estos conocimientos y lo que tenía en la nevera me dispuse a improvisar el plato. Sí, improvisar, porque cogí varias verduras y las fui picando para hacer la salsa Loren, siguiendo un método científico como siempre: me gusta ésta, y ésta, y ésta,..., pues todas juntas tienen que estar riquísimas. Vamos que salió el Hommer que llevo dentro. Pero funcionó. Quedó una salsa buenísima que supero la prueba de los mejores críticos culinarios, mis niños. Lo que me ha condenado a repetir esta receta varias veces. Y más feliz que nadie se las hago.


Necesitaréis lo siguiente:

500 gr de Carne picada mixta
Perejil
2 Dientes de ajo
Miga de pan
Leche
(También se pueden comprar las albóndigas ya hechas, pero pierde calidad)
1 Pimiento verde
1 Calabacín
1 Cebolla
1 Tomate
1 Huevo
Harina
Tomillo
Colorante alimentario (o azafrán)
Aceite
Sal









Comenzaremos haciendo las albóndigas, salvo que os hayáis decidido por las prefabricadas, es este caso podéis saltaros la elaboración de las pelotillas.

Cascamos el huevo y lo batimos.






Cogemos la miga de pan y la ponemos en el mortero. Colgad el teléfono, es el mortero de cocina, no el otro. Además, por mucha crisis que haya el Ministerio de Defensa no alquila esos trastos.

Agregamos un poco de leche a la miga y la machacamos un poco, hasta que quede esponjosa.







Ponemos un poco de harina en un plato.






Picamos un diente de ajo y el perejil.






Vertemos el ajo y el perejil picado en el huevo batido.





Añadimos también la carne picada (que previamente habremos salado) y la miga mojada en leche, y mezclamos todo bien.









Ahora llega el momento de agarrar un puñado de la mezcla de carne y hacer una pelotilla redonda. Como cuando hacéis una bola de nieve, o una de arena en la playa.

Una vez hecha la albóndiga la pasamos por el plato de harina hasta que se recubra con una fina película.







Una vez terminadas todas las albóndigas pasamos a la preparación del plato. El que haya optado por las albóndigas prefabricadas puede seguir a partir de aquí.

Picamos un diente de ajo.





Picamos la cebolla.





Cortamos el tomate por la mitad.




Picamos el pimiento.





Picamos el calabacín.




Colocamos un poco de aceite en una cazuela y doramos las albóndigas. Una vez doradas las reservamos.









En el mismo aceite freímos la cebolla picada, el diente de ajo picado, el pimiento y el calabacín.









Una vez pochadas las verduras rallamos el tomate sobre la cazuela, removemos y dejamos que se cocine un poco. Podemos añadir un poco de azúcar si queremos matar la acidez del tomate.







Añadimos un vaso (de los de agua) de vino, y dejamos que se cueza unos minutos.






Volvemos a introducir las albóndigas.




Añadimos agua hasta que justo cubra las albóndigas.





Añadimos el colorante y el tomillo, y salamos un poco el guiso.








Dejamos cocer 15 minutos más o menos, para que se vayan haciendo las albóndigas y reduciendo la salsa.





Y finalmente obtenemos este suculento plato.










También podemos extraer las albóndigas y pasar la salsa por la minipimer para que no queden tropezones. El plato quedaría así.






Esto según los gustos, y según el tipo de comensales a los que vaya dirigido el condumio. Los niños suelen preferir la salsa pasada por la minipimer, aunque los míos prefieren la salsa con los tropezones.

Espero que os guste.




viernes, 8 de noviembre de 2013

TORTILLA AMORCILLADA Y CHORICERA

Siempre se ha dicho que el papel lo aguanta todo, y no seré yo el que lo desmienta, y menos en estos tiempos en los que reside un sabio en cada uno de los cerebros más escuálidos de la especie humana. Me viene a la memoria algo que se me ocurrió hace ya algún tiempo, y que comenzando como una broma se instaló en mi cabeza, y repitiéndose como un buen ajo manchego fue adquiriendo el carácter de axioma. La ocurrencia fue que: Una vez un mono se dio cuenta de lo peligroso que era saltar de rama en rama, si te caías te podías matar, y si corrías a cuatro patas te destrozabas los nudillos, así que se le ocurrió bajarse del árbol, ponerse depié y comenzar a andar. Desde entonces los descendientes de aquel mono, evolucionados en humanos, caminan sobre dos patas y el resto de los monos que evolucionaron en humanos le imitaron, pero todavía no saben por qué.

Moraleja: esconde la mano que viene la vieja,..., no, quería decir: no bebáis cuando escribáis un post.

Pues bien, esto empezó porque el papel lo aguanta todo, pero en la cocina hay algo que también lo aguanta todo, y ese algo es: LA TORTILLA ESPAÑOLA.

La tortilla de patata es de lo más agradecida, aguanta lo que le echen y además siempre te deja un excelente sabor de boca.

Por eso, por mis visitas a tierras valencianas, por mi afición a la sangre (a las morcillas exactamente, no existen los vampiros fuera de los bancos), y por mi gusto por el choriceo (comer chorizo, el otro choriceo se lo dejo a los profesionales: nuestros políticos). ¡Que ricas están las morcillas, de Cartagena, de Ontinyent, de León, de Burgos, de...! ¡Qué bien comemos en España!

Para una persona de espíritu matemático como yo, si se encuentra ante morcillas, chorizo y tortilla de patatas, tres elementos que me encantan, lo primero que se le ocurre es que la suma de los factores incrementa el gusto del resultado. Sí, podéis llamarme Genio, pero tratarme de tú, que no quiero que se me suba a la cabeza. Ya se me sube bastante el whisky.

Pues de eso va esta nueva receta. Una tortilla de patata con morcilla y una tortilla de patata con morcilla y chorizo.

Necesitaréis los siguientes ingredientes:

2 o 3 Huevos
4 o 5 Patatas
1 Morcilla
Chorizo
Aceite
Sal








Cortamos las patatas en sectores (ya os he dicho que hoy me la he agarrado pitagórica).







Batimos los huevos. Para eso hay que romperlos. Los de gallina. Que no haya que llevar a nadie a Urgencias.






Le quitamos la piel a la morcilla, y le sacamos la carne.







Freímos las patatas.







Una vez fritas las sacamos sobre papel de cocina para que absorba el aceite.







Mezclamos las patatas con la morcilla en un cuenco grande.








Le añadimos el huevo y removemos toda la mezcla.








Ponemos la sartén al fuego con una pizca de aceite. Lo justo para que una fina película cubra el fondo.






En otro recipiente hondo mezclamos patatas, huevo, morcilla y chorizo, para preparar la otra tortilla.






Tanto para una tortilla como para la otra, vertemos el contenido del cuenco en la sartén cuando el aceite esté bien caliente.






Cuando lleve un rato cocinándose por un lado cubrimos la sartén con un plato, le damos la vuelta de manera que quede la tortilla en el plato con la parte hecha hacia arriba.







A continuación volvemos a echar la tortilla en la sartén, con la parte no hecha hacia abajo y la ya hecha hacia arriba. Como se ve en la figura siguiente.







Finalmente, y tras darle las vueltas que fueren menester, la sacamos de la sartén y la colocamos en un plato.


Así nos quedaría la tortilla de patata con morcilla.






Y de esta otra guisa nos quedaría la tortilla de patata con morcilla y chorizo.






A mi personalmente me gustó más la tortilla solo con morcilla, pero como sobre gustos hay colores aquí quedan las dos expuestas para el recuerdo, pues sucumbieron ante la jauría humana de mi casa.








domingo, 3 de noviembre de 2013

UNA HISTORIA DEL ATASCO

Dentro de las curiosidades que me han sucedido se encuentra en un lugar preeminente la historia que paso a relatar a continuación.


Encontrábame en mi vehículo, parado en un semáforo, justo detrás de un Peugeot 206 azul metalizado conducido por una chica de amplia y rizada melena. En cierto momento rebuscó algo en el asiento de su derecha, y cuando volvió a ser visible su mano, ésta portaba un frasco de perfume. Apretó el pulverizador y desde mi coche pudo verse la estela cónica del perfume desplazándose desde el recipiente hasta su cuello. Me pareció extraño que se viera tan claramente el dibujo del líquido pulverizado, pareció como si el instante aquél hubiera pasado a cámara lenta, como si Dios hubiera pulsado el botón de ralentizar la imagen en el mando a distancia que gobierna nuestras vidas. Recuerdo que esbocé una sonrisa mientras cerraba los ojos y sacudía la cabeza a ambos lados, repitiéndome mentalmente que mi cansado cerebro me hacía ver cosas raras a aquellas horas de la tarde. Cuál fue mi sorpresa cuando, tras los breves segundos en los que cerré los ojos, el 206 se había transformado en un Mercedes clase E Cabrio descapotable color rojo pasión, la tapicería era de un, aparentemente, cálido y suave  cuero, el vestido de Chanel, y la melena de la chica brillaba aún más que antes agitada por el suave viento de la tarde.
Cabían varias opciones, que la chica fuera una bruja y el perfume una poción maravillosamente mágica, o que estuviéramos dentro de un vórtice espacio-temporal que transformaba las propiedades de los perfumes y colonias.
Yo conducía el Audi de mi padre porque mi coche estaba en el taller. No lo pensé dos veces, me lancé a la guantera como un poseso, y encontré un frasco de Brummell. Es una colonia- me dije- y a su inventor le llamaban Beau Brummell (el Bello Brummell). Me rocié rápidamente con ella pues no debía quedar mucho tiempo para que cambiara el semáforo. Empecé a notar las mutaciones de inmediato. Primero un cosquilleo me recorrió la cara y el pecho, luego noté una trepidación en el coche, me puse un poco nervioso pero tras unos segundos todas las sensaciones desaparecieron y me sentí seguro, con aplomo, fuerte, decidido. Me sentí más hombre.
Bajé el espejo retrovisor para mirarme, y observé mi cara poblada por unas densas patillas, además de una sombra negruzca de barba afeitada pero que se revelaba contra su confinamiento, una sombra tipo barba de Golfo Apandador. El pelo de mi cabeza era abundante, peinado con gomina hacia atrás pero dejando sobresalir un ligero tupé. Mi camisa había cambiado, era una camisa de amebas con tres botones abiertos por donde sobresalía una melena peluda que subía hasta el cuello. Para que os hagáis una idea, sería como si uno de los ZZ Top se guardara la barba por debajo de la camisa. Era la envidia del lobo alfa de la manada.
En cuanto al coche ¡Uy el coche! Un R-5 Turbo rojo, con raya blanca a lo Starsky y Hutch, alerón trasero, volante forrado en cuero, y unos dados colgando del espejo retrovisor.
Me guiñe un ojo y me atusé el pelo.
Cuando el semáforo se puso en verde aceleré a tope, adelanté al pringao de mi izquierda, y me situé delante suya. Quedé emparejado con el Mercedes clase E en el siguiente semáforo. La chica y yo giramos nuestras cabezas a la vez, y ante su cara de asombro desplegué mi arma más letal: el guiño-beso. Esta suerte consiste en guiñar un ojo y lanzar un beso hacia la chorba seleccionada, esta vez redondeé el ataque pasándome el pulgar por los labios, acto que dejaba a la vista mi larga y afilada uña del meñique, también conocida como la higiénica.


Seguramente creeréis que me miró con cara de asco y me mandó a la mierda. Pues no. Mi princesa quedó automáticamente prendada de mí. Aparcamos, tomamos una copa, yo un solysombra, y ella champán francés. Fuimos a cenar: huevos fritos con chorizo y lubina a la sal. Cada uno respetó los gustos del otro. Finalmente terminamos pasando una romántica noche en un motel de carretera.
Parece mentira, pero el mundo no es tan previsible ni está tan estandarizado como parece. Os corroe la envidia ¡eh!
Pero. Siempre hay un pero. Ella se había quedado dormida acostada sobre el edredón peludo de mi pecho, y al despertarse y acariciarme la cara se incorporó como si la propulsara un muelle. ¿Qué ocurre? – pregunte aún dormitando. Abrí los ojos y me vi en el espejo del techo del motel. Volvía a ser yo. Lampiño, tirillas,…, metrosexual ¡Dios!
La situación siguiente fue patética. Los dos nos excusábamos con frases hechas: perdón, se me ha hecho tardísimo, ya te llamaré para quedar otro día (aunque ninguno le dio el teléfono al otro),…

Desde entonces llevo siempre en la guantera un bote de Rexona, que según la publicidad no te abandona y tiene efecto 24 horas. Por si vuelvo a quedar bajo la influencia del vórtice espacio-temporal del atasco de regreso a casa.



lunes, 28 de octubre de 2013

EFEMÉRIDES

Tal día como hoy hace 46 años vino al Mundo el que suscribe. Y en este día que empezó con malos augurios y enfrentamientos verbales, y continuó con exceso de horas de trabajo, en este día, cuando el Sol caía y recogía mis cosas para irme a casa a través del atasco, en este día, me giré y atravesando la ventana de la oficina con la mirada pude saborear algo de dulzura. Era el paso previo a disfrutar lo que quedaba de día con mis hijos, con risas, con dulces y con una vela que valía por 46.

Esta es la imagen que vi tras la ventana de un día muy largo.





Y se abrieron los Cielos, y el Infierno emergió de las entrañas de la Tierra. No podía ser de otra manera mi cumpleaños.