lunes, 30 de noviembre de 2009

Ir de Repente a Kagar

Me envió la imagen un amigo, y me hizo mucha gracia. Lo mejor es que busqué la ruta en la guía de Repsol, y es cierto.

Así que si alguien quiere ir de Repente a Kagar, éste es el camino más corto.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Enderezar el rumbo

Salgo a la calle a pasear y me fijo en cualquier tontería que me llame la atención. Por ejemplo el árbol de arriba.
Me pregunto mientras lo miro si lo que nace torcido muere torcido. Si algo que empezó mal puede recuperarse. Si alguien que escogió el lado oscuro puede reinsertarse (Darth Vader lo hizo).
Este árbol es una prueba de que se puede. No sé si se enderezó el sólo, o si le hizo falta un tutor durante algunos años, pero lo consiguió.
Aún así, cuando crezca más, y aumente el peso de su zona alta, ¿no correrá el riesgo de romper por la base?
¿Es extrapolable esto a los humanos?
Por otra parte me recuerda a mi lordosis cervical, de la que carezco. Y a la rectificación cervical que me esta fastidiando. No siempre lo recto es lo mejor, ni lo correcto.
¿Tiene efectos secundarios la sandía transgénica?, porque me ha salido un post anfetamínico.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

COLORES DE OTOÑO. AUTUM COLOURS

Colores ocres y granates caducos, colores verdes perennes. Los contrastes del Otoño son preciosos.

En la vida hay muchos contrastes maravillosos.

Esta foto coincide en su realización con el post de Molinos "Paseando", una coincidencia que le apunté como comentario y que he programado para el jueves, unos cuantos días después, debido a otros compromisos con otros amigos/as de la red.

martes, 24 de noviembre de 2009

Premio de Simone

No soy muy partidario de los memes, pero hace unos días Simone me remitió un premio, que le agradezco un montón, acompañado de uno. Así que, como me lo paso muy bien leyendo sus post, voy a hacer lo que dice, aunque no lo pasaré a otras diez personas.
Se trata de contar diez cosas honestas de mi. Diez cosas honestas de alguien deshonesto. Todo un reto. Ahí van:
1. Odio que se pasen las páginas de los libros mojándose los dedos con los labios. Esto también es aplicable a utilizar ese gesto para abrir las bolsas del Mercadona. (Aquí está la explicación de mi inutilidad para abrir esas bolsas, y que conste que no me pasa con otros supermercados)
2. Me encantaba "Siete Vidas". No se ha vuelto a hacer una serie como esa en España.
3. Estoy muy orgulloso de mis hijos. Y siempre pienso que les dedico poco tiempo, aunque pase todo el día con ellos.
4. Me produce la misma sensación que rascar una pizarra con un tenedor el oír la palabra "implementar". ¿No se puede decir llevar a cabo, o poner en funcionamiento, o ...?
5. Me gusta trabajar en cosas que me entretengan, y a ser posible en equipo. Pero equipos de verdad. Odio a los trepas y a los "punto pelota".
6. Fui y soy asiduo lector de "Las aventuras de Mortadelo y Filemón". Y eso que en mi infancia las historietas largas venían en fascículos.
No, no venían talladas en piedra. Por si alguno se lo estaba preguntando
7. No entiendo porqué pagamos nuestros complejos con el idioma con nuestros hijos. No estábamos contentos con nuestro sistema de enseñanza de inglés, y a nuestros hijos les hemos metido 8 años más de enseñanza del idioma, pero sin cambiar el sistema.
Además, no me creo que en la época que vivimos no se pueda crear un traductor que te lo pongas en la oreja y te traduzca el idioma de tu interlocutor.
A los filólogos igual no les hace mucha gracia.
8. Me encanta reírme. Me encanta pasarlo bien con el humor, y cuanto más absurdo sea mejor. El humor inteligente también me gusta, pero es un ejercicio muy duro. Igual lo incluyen en el Brain Training.
9. Me gusta nadar, y sobre todo bucear. De pequeño pensaba que era lo más parecido a volar. Ahora también lo pienso.
10. No me gusta conducir (será por eso por lo que no tengo un BMW), aunque no siempre puedo evitarlo.


Gracias por el premio Simone.
Y gracias a todos por vuestras visitas.

lunes, 23 de noviembre de 2009

IBI. El impuesto sobre un bien de primera necesidad


Este post es únicamente para avisar que mañana martes, a las 19:30, hay una manifestación en Majadahonda en contra de las subidas que pretende realizar el equipo de gobierno en el IBI, en los próximos años. Subidas que ya ha empezado a ejecutar desde hace dos años. A mi personalmente me ha supuesto una subida de casi 400 euros en dos años.

Esto es una costumbre que se está extendiendo por todos los ayuntamientos para recaudar. Eso sí, los sueldos de la Administración Local son mucho más altos que los de la del Estado. ¿Porqué si hacen el mismo trabajo?

El IBI no distingue entre ricos y pobres, grava a todos por igual. Sin embargo, todos necesitan un techo donde vivir, siendo éste un derecho constitucional. Y si alguien piensa que alquilar es una solución para no pagar el impuesto, le diré que está defendiendo la propiedad de un bien de primera necesidad en exclusiva para las personas pudientes, que además repercutirán el importe de dicho impuesto en el alquiler.

No es un impuesto justo. Como no es justo la falta de transparencia de los gastos en los que se aplican los fondos públicos. ¿Para cuándo una base de datos donde cualquier persona pueda ver todos los contratos y pagos del Estado y de su localidad, para poder juzgar que están haciendo sus empleados? Porque, no nos olvidemos, todos son empleados nuestros, el Presidente del Gobierno y los alcaldes también.

Cuando dicen: ¡No sabe usted con quien está hablando!, la respuesta es clara: Sí, con mi empleado. Así que tráteme como mínimo con el respeto que yo lo hago con usted, y haga bien su trabajo. Por cierto el sueldo se lo pongo yo, no usted.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Estrés marital. Bricolaging.

La semana pasada empezó a gotear el grifo de la cocina. Se dio cuenta mi mujer.
  • - El grifo gotea - dijo.
  • - ¿Has pedido cita en el pediatra? - contesté distraido.
    - ¿Qué dices? - Preguntó elevando el tono.
    - Nada. Voy a verlo - contesté mientras pensaba que me iba a perder una noche más el episodio de Vaya Semanita.

  • Una vez estudiada la avería. Es decir, una vez terminé de mirar con cara de intriga el grifo moviendo cada cierto tiempo el monomando, emití mi veredicto.

- El monomando pierde agua. Debe ser de una junta, o de otra cosa, y no sé desmontarlo.
- ¿Entonces? - preguntó.
- Propongo cerrar las llaves de los latiguillos cuando no usemos el grifo, y llamar a un fontanero.

Al día siguiente conseguimos el teléfono de un fontanero recomendado por miembros de mi familia, pero antes de llamarlo me encontré con mi hermano pequeño, que es un manitas, y me dijo que el grifo era muy viejo, que me compensaba cambiarlo, y que me podía ahorrar la pasta del fontanero si lo hacía yo, que era igual de fácil que cambiar el teléfono de la ducha.

Lo de manitas a mi hermano le viene, según mi madre, desde pequeño que cuando le regalaban algo, lo primero que hacía era desmontarlo. Pero, volvamos con la historia, porque huelga decir que me convenció, y que me decidí a acometer la tarea. De hecho empecé a elaborar un plan. ¿Para qué necesitaba un plan se preguntarán algunos? Los que se lo hayan preguntado están solteros.

Mi lado oscuro se había adueñado de mi. Y me aposté a esperar mi oportunidad.

El viernes por la tarde mi mujer me preguntó si necesitaba hacer algo el sábado por la mañana, que ella tenía que salir y necesitaba que me encargara de los niños. El plan empezó a tomar forma en mi cerebro.



- Yo sólo necesito salir a por el grifo al Leroy Merlin - dije, cruzando los dedos.

- Vale. Cuando vuelvas salgo yo - dijo mi mujer.

En este momento hice un repaso mental de todo lo que necesitaba: llaves planas, sí; destornillador, sí; suerte, ya veríamos.

Sábado por la mañana.

- Me voy al Leroy (gran bailarín) a por el grifo - grité desde la puerta.

- No quiero ninguno que no sea de la marca Mosquis o Pisquis - me amenazó una voz femenina desde la habitación.

- Ya empezamos

- ¿Qué dices?

- Nada. Que vuelvo pronto.

Entré en el Leroy y me fui directo a la sección de cocinas. Me planté ante el panel de los grifos, y de entre los cientos que allí colgaban no había ninguno de la marca Pisquis. Bien, pensé, la búsqueda se reduce. Había tres modelos de la marca Mosquis. He de confesar que en ese momento ya sabía que la cagaría en la elección, pero más tarde elaboraría una excusa. En estas situaciones se entiende realmente la tortura que sufrían los concursantes del "Un, Dos, Tres".

Mis movimientos fueron rápidos y precisos. Me dirigí a una dependienta y le pregunté por la sección de asesoramiento matrimonial. Me contestó que allí no había nada de eso, me miró con cara extraña y agarró el walkie que le comunicaba con seguridad.
- Verá señorita. Necesito elegir un grifo de cocina de la marca Mosquis, y hay tres modelos, por eso me gustaría contar con un asesor matrimonial, porque la elección del modelo equivocado (cosa que tenía el 100 % de las probabilidades) puede provocar mi tortura psicológica y una crisis matrimonial.
- No tenemos nada de eso aquí - me contestó -, pero puedo decirle las características de cada uno para ayudarle a decidir.
- De acuerdo - le dije -, pero además debo pedirle que me diga cual elegiría usted.
- Está bien. - Aceptó, a la vez que soltaba el walkie al comprender que no era un tipo peligroso, sino un casado inconsciente que se había atrevido a hacer una chapucilla en su casa.
Me aconsejó uno, y creo que le di algo de pena, porque me lo dejó preparado para llegar a casa y colocarlo. Además me dijo todo lo que tenía que hacer, y las cosas con las que tenía que tener cuidado. Un chica encantadora.
Al regresar a casa mi mujer salió al mismo tiempo que yo entraba.
- ¿Qué marca es? - preguntó.
- Mosquis - dije.
- Hasta luego.
Tal como salió pulsé el cronómetro, tenía poco más de una hora para hacerlo mientras ella estaba fuera. En mi cabeza empezó a sonar la música de Misión Imposible.
Llamé a mi hijo L. y le dije que me tenía que ayudar. Que trajera las llaves planas mientras yo vaciaba todo el armario de debajo del fregadero. Había más productos de limpieza que en Mercadona, pero lo conseguí vaciar en cinco minutos. Estábamos en tiempo.
Cerré las llaves de paso, busqué las llaves planas que me hacían falta, la 20 y la 14, y desmonté el grifo viejo. Incluso conseguí evitar que el agua chorreara sobre el mueble.
- Vamos bien L. - le dije mientras me secaba el sudor.
Limpieza del soporte, colocación del nuevo grifo y conexión de los latiguillos. Diez minutos más. Todo iba sobre ruedas.
- Vamos a probar que he puesto cada latiguillo en su sitio. - dije-.
- ¿Para qué? - Preguntó L.
- Para que cuando gire el grifo hacia el rojo salga caliente en lugar de fría.
L. sujetaba el grifo y yo abrí lentamente las llaves de paso. No goteaban, y hacia el rojo salía caliente y hacia el azul salía fría.
- ¡Somos cojonudos! - Grité, liberando adrenalina.
- Que bien papá. Ahora colocamos estas gomas y ya casí está ¿No?
- ¿Qué gomas?. ¡Dios! Soy gilipollas. Hay que desmontarlo y poner esas gomas para volver a montarlo.
Había perdido quince minutos, pero por suerte no estaba mi mujer cerca para restregármelo, y podía trabajar tranquilo. O eso creía yo, porque en ese momento Chispita (mi perra) empezó a ladrarme en la oreja y no paró. ¿Cómo habría conseguido enseñarle a hacer esto? Yo sólo consigo que me dé la pata cuando le doy una galleta.
Finalmente, con la ayuda de mi hijo conseguí completar la tarea, no sin antes pillarme un dedo con una de las tuercas, soportando un estrés que no lo aguantaría ni el broker más duro de Wall Street. Durante todo el tiempo Chispita se mantuvo ladrando a mi lado, incansable, aunque en mi cabeza sonaba música de requiem.
Justo al terminar, pero sin darme tiempo a colocar los productos de limpieza en su sitio, escuché la cerradura de la puerta de la calle. Activé el plan B. Me puse un lápiz en la oreja, y me bajé el chandal un poco para enseñar hucha.
- ¡Hola! - Saludó mi mujer.
- ¡Hola! - Dije sin levantarme ni girarme para que pudiera apreciar mi pose ñapa-sexi - Esto ya está.
- ¿No había otro grifo? - Dijo - No me gusta el cuello de cisne que hace.
- Sí. Cientos. Pero de la marca Mosquis sólo tres. Y lo del cuello de cisne es la moda de este año. Me dijo la dependienta que este año venían así - dije, aplicando la excusa que había elaborado desde el momento que tuve la certeza de que siempre me equivocaría en la elección.
- Pero, fíjate - Insistí- No pierde agua por ninguna junta, cabe la olla debajo, y sale agua caliente y fría.
La debí pillar en horas bajas, porque no insistió más. Agradecí a mi hijo la ayuda. No sólo quería que me ayudara, quería que viera a que se tendría que enfrentar de mayor. Creo que es mi obligación ir enseñándole las cosas de la vida. Todavía es muy pequeño y piensa que el puenting es un deporte de riesgo. Ahora ha visto que al lado del Bicolaging Married, comer escorpiones vivos es un juego de párvulos. Necesité tres valiums y dos whiskies para bajar de las 150 pulsaciones.

Más tarde le expliqué a mi hijo que en el colegio también le preparaban para esto. Sólo tenía que fijarse un poco.

- Es evidente que a tu edad sabes sumar, restar, multiplicar y dividir - le dije -, y que si te dan todo el tiempo que necesites harás bien todas las operaciones combinadas que te pongan. Pero no se trata de aprender a calcular, eso ya lo sabes hacer. Se trata de aprender a hacer una tarea soportando el estrés, para que cuando seas mayor consigas hacer una chapuza casera aprovechando el tiempo en que tu mujer está fuera de casa, o al lado tuyo "apoyándote moralmente".

Espero que mi mujer no lo lea. Por si acaso ya he preparado un saco de dormir en la terraza.




miércoles, 18 de noviembre de 2009

Especializarse en la sencillez

video

LA HISTORIADORA (Elizabeth Kostava) es un libro de aventuras, Historia, viajes, vampiros y sociedades secretas. Es muy entretenido, y la historia engancha. Pero no me propongo hacer una crítica ni un resumen, simplemente quiero resaltar dos cosas que me llamaron mucho la atención, y que creo pueden aplicarse en la vida real hoy día.


Cuando Helen habla de su madre, natural de Rumanía, pero que vive en Hungría, la describe como una mujer maravillosa y fascinante pero, al hablar del trabajo que realiza, lo que a ella le produce cierta amargura porque cree que su madre merece algo mejor, a mi me presenta a una mujer de una gran sabiduría, alguien que ha conseguido romper las cadenas de la vanidad estéril que domina nuestros días. Alguien libre. Alguien especializado en la sencillez.


“- Trabaja en un centro cultural del pueblo, llena de papeles, escribe a máquina y prepara café para los alcaldes de ciudades más importantes cuando van de visita. Le he dicho que es un trabajo degradante para alguien de su inteligencia, pero siempre se encoge de hombros y sigue haciéndolo. Mi madre se ha especializado en la sencillez.”


El otro texto del libro que me llamó la atención fue la descripción de las gentes del pueblo búlgaro llamado Dimovo (nombre ficticio) realizada por Paul, uno de los protagonistas, inglés y doctor por Oxford, y que reproduzco a continuación. Debemos tener en cuenta que nos encontramos en el entorno de tiempo de los años sesenta del siglo XX.


“Cuando entramos en la única calle de Dimovo, la gente empezó a salir de las casas y establos para darnos la bienvenida, sobre todo gente mayor, muchos deformados hasta extremos increíbles por años de rudo trabajo, las mujeres con las piernas arqueadas de manera grotesca, los hombres inclinados hacia delante como si fueran cargados siempre con un saco invisible de algo pesado... Sonreían y saludaban...”


¿Cuántos de nosotros, en esta época, podemos especializarnos en la sencillez y sonreír aunque nuestros cuerpos se encuentren deformados por años de rudo trabajo? ¿Cuántos alcanzaremos esa sabiduría y esa felicidad, de saber disfrutar de las cosas? Y eso que los tiempos han cambiado y han hecho la vida más llevadera, ¿o será por eso mismo?

Me ha salido un poco Salvador Gaviota, pero es lo que hay. ¡Ooooohmmmmm!


Hay que disfrutar de las cosas y conseguir que los buenos momentos duren un eón o dos. Me voy a tomar una caña, y os aconsejo hacer lo mismo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Huevos a la flamenca y kriptonita


Ya sé que es viernes, y que el título es sugerente, pero este post no va de lo que estáis pensando.
Ayer estaba preparando huevos a la flamenca para mi hijo L. que le gustan mucho (suele tomar dos), y le pregunté a mi mujer si quería uno. Como me dijo que sí decidí hacer cuatro, uno más para mi, y así usaba las cuatro cazuelitas que tenemos. Además preparé un huevo para freír, porque mi hija E. me había dicho que a ella no le gustaban, lo que significaba que no quería probarlos.
Mientras los estaba haciendo, apareció E. y me preguntó si me podía ayudar. Le dije que sí y le dejé que colocara los trocitos de jamón, los de chorizo y los guisantes.
Disfrutó mucho. Supongo que le recordaba a cuando coloca los gomets en la asignatura de plástica en su colegio. Yo también disfruté mucho. Ojalá tuviera ayudantes con su vocación en mi cole.
Cuando los saqué del horno y los coloqué en la mesa me preguntó si podía probarlos. Yo le contesté que probara uno y que si le gustaba era para ella. Me respondió que entonces yo me quedaría sin cena, y le dije que me comería el huevo frito que tenía preparado para ella.
Lo probó, le gustó y se lo comió.
Más tarde, al acostarla me dijo: me has dado tu comida, eres el mejor padre del mundo. Le di un beso de buenas noches y salí de la habitación con la sensibilidad a punto de atravesar mi supercapa de estoicismo.
Esta niña tiene muy buena puntería. Me temo que va a hacer lo que quiera conmigo de mayor.
¡Ntchs!

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Vaya lio. En tus manos está la solución.


Ayer se consumó la eliminación del R. Madrid de la Copa del Rey. Esto no sería noticia si no fuera porque el equipo que lo derrotó lo hizo marcándole cuatro goles, que es de Segunda B, y que su presupuesto lo podría pagar uno sólo de los jugadores del Madrid.
¿En que falló el Madrid? Pellegrini, Valdano y Florentino no lo tienen claro, pero es evidente, menospreciaron al rival. Y lo hicieron sin tener en cuenta que la gente de Alcorcón soporta un IKEA desde hace años, lo que les da una resistencia nada comparable con aquellos acostumbrados a comprar en tiendas exclusivas y que te traen las cosas montadas a casa.
Quizás para comprender esta situación, Florentino y adláteres deberían pasar una tarde de sábado por la mencionada tienda, para realizar penitencia, y de paso, a lo mejor, les enseñan a montar un equipo. Les dan una llave allen, unas maderas, las instrucciones, y salen de allí con todo lo necesario para montar el Real Madrid Billy.
Es más, ahora está de moda la filosofía de esa tienda. El hágaselo usted mismo, pero con un manual de ayuda que le dirija en el proceso. El ejemplo más claro es la Junta de Extremadura (Consejería de los jóvenes y del deporte) que no ha reparado en gastos para que las féminas aprendan la tecnología digital, es decir los toqueteos ("el placer está en tus manos"), que deben tener consideración de deporte, aunque no sé si será disciplina olímpica. ¡Será por dinero!. ¡Ni que estuvieramos en crisis! Lo siguiente será un taller para aprender a pasar del gateo a los primeros pasos, no vaya a ser que la especie humana vuelva a ir a cuatro patas.
Ya lo digo en el título, que me lío. Que enhorabuena al Alcorcón.

lunes, 9 de noviembre de 2009

¿Quién está al extremo de la correa?

He salido a pasear con Chispita (mi perra), y al llegar al parque la he soltado, como hago otros días. Pero hoy me he dado cuenta que cuando la suelto se pega a mi, y no se separa hasta pasado un rato. Luego se va a olisquear un poco por ahí, pero no muy lejos, y sin perderme de vista.
Con el trabajo que paso para ponerle la correa al salir a la calle, y a la hora de soltarla le cuesta separarse.
He estado pensando un rato (no mucho), y he llegado a la conclusión de que piensa que al soltarla puedo abandonarla. De hecho, mientras va atada, se mueve todo lo que le permite la correa, y cuando la suelto se pega o se mantiene cerca.
Pero también se me ha ocurrido que es ella quien me lleva a mi desde el otro extremo, y que al soltarme se pega y me vigila de cerca, mientras que cuando me lleva atado me tiene controlado y me deja ir más suelto.
Creo que de las dos opciones la segunda es la correcta. ¡Será Jodía la perra!

viernes, 6 de noviembre de 2009

Bilingüismo. Shit little parrot

Entre las multiples curiosidades que observé en mis vacaciones se encuentra el bar de la foto. Una mezcla entre ensebre (que equivale a con solera en Galicia) y pop.
Hay que cuidar el turismo anglosajón. Y si tú fueras uno de esos turistas ¿a dónde irías, a "O cachelo" (la patata en castellano) o al "Yoni"?
No sé vosotros, pero Yonilodudo.



domingo, 1 de noviembre de 2009

El tren de la bruja


El sábado pasado, rompiendo todas las promesas que había hecho hace siete años, volví a entrar en IKEA.
Hasta este sábado sólo había ido dos veces en toda mi vida, con un balance de una mañana/tarde de tortura para adquirir un guardabolsas de plástico, y un oso de peluche que acabó en el trastero porque asustaba al niño por las noches.
Pues bien, como digo he vuelto a entrar en el supermercado de las cosas sin hacer, y el motivo de mi claudicación ha sido comprar un sobrecolchón viscoelástico para los niños, para paliar la dureza de sus colchones.
- De acuerdo – respondí a mi mujer – pero vamos directos a por eso y salimos.
- Sí. Por supuesto. – Dijo.
Yo sabía que esto era imposible, IKEA está diseñado para que recorras la tienda completa por la ruta establecida, pero me autoengañé y me puse en marcha.
Cuando atravesé la puerta de entrada noté como se me cerraba la boca del estómago, mi hija me pidió quedarse en la piscina de bolas, y yo pensé que deberían poner una piscina de bolas para padres/madres, o un bar con tele, periódicos, tapas y serrín en el suelo, lo que viene siendo un lugar acogedor. La petición de la niña no fue aceptada porque íbamos a estar poco tiempo.
Las puertas se cerraron detrás nuestra, como en las películas de terror, y empezamos a subir las escaleras que iniciaban el calvario. Tenía pánico, pero mantuve la compostura lo mejor que pude, iba con mis hijos y tenía que dar ejemplo.
Recogimos un papel cuadriculado y un minilápiz que entusiasmaron a mi hija, pero que a mi me produjeron escalofríos. Para ella era algo con lo que dibujar, pero yo sabía que era la cadena que nos amarraba al infierno.
Pronto nos incorporamos a la columna de almas en pena que seguían en fila india el camino marcado, avanzando de sección en sección, de círculo en círculo, y eché de menos el bucólico viaje en barca cruzando la laguna Estigia con Caronte.
Tras una hora de recorrido, alcanzamos la sección de colchones, y mi hijo me preguntó si cuando compráramos los sobrecolchones nos iríamos. En ese momento decidí que había llegado la hora de tener una charla de hombre a hombre. Me senté en una de las camas de exposición y le dije que se sentara a mi lado.
- Hijo – comencé – Te estás convirtiendo en un adulto, y ha llegado el momento de contarte algo que debes saber.
Sus ojos estaban fijos sobre mi, con una expresión entre asombro y preocupación.
- Esta tienda se llama IKEA – continué -, y es un lugar que sólo tiene una entrada y una salida. Debes recorrer toda la tienda para poder salir.
- ¡Qué! – Exclamó con un grito de terror.
- Sí, hijo. Debes armarte de valor y soportarlo como un hombre.
Noté su lucha interna con el miedo, pero me sorprendió su entereza cuando simplemente preguntó:
- ¿Y falta mucho?
- Sí. – Respondí – Sabrás que estamos en la mitad del recorrido cuando lleguemos a la cafetería.
Adivinando su próxima pregunta, le dije que creía recordar que la cafetería estaba a la vuelta de la siguiente curva.
- Verás hijo, a mi esta pseudotienda siempre me recuerda a una atracción que había en las ferias cuando yo era pequeño: “El tren de la bruja”. En esa atracción te montabas en un tren, que al moverse te metía en una gruta, donde un señor disfrazado de fantasma te daba escobazos hasta que el tren volvía a salir por el otro extremo.
Vi como había cambiado la expresión de su cara. Se estaba convirtiendo en un adulto.
- Ya tengo los dos sobrecolchones – dijo mi mujer a nuestra espalda.
- ¿Ya nos vamos? – Gritaron los niños.
- No – apuntó mi santa – ahora hay que comprar las fundas bajeras.
Mi hijo caminaba abatido, y le pasé la mano por el hombro mientras le señalaba la cafetería para que se animara. Ya faltaba menos.
Cerca de las dos horas de recorrido, con paradas en todas las secciones, llegamos al almacén, donde mi hijo preguntó:
- ¿Qué es esto?
- Esta es la segunda parte del martirio – dije - ¿Te acuerdas del lápiz y el papel de la entrada?
- Sí.
- Pues en él apuntas la localización del artículo que quieres comprar, lo buscas en este almacén y te lo llevas. Y si está en los estantes de arriba pides ayuda a un empleado. Es decir te conviertes en mozo de almacén.
- Pero no hemos apuntado nada. Sólo le han dado un papel a mamá.
- Sí. Eso también es nuevo para mi. De todas formas, la salida está allí, tras la línea de cajas. Solo nos queda soportar ese pedazo de cola para pagar.
- Después de pagar tenemos que salir de esta nave y entrar en otro almacén que hay a la derecha a que nos den los sobrecolchones – reveló la voz de mi mujer –
Hasta Rambo se habría desmoronado en ese momento, pero ambos aguantamos.
Durante la espera en la cola terminé de explicarle que las cosas te las daban desmontadas y que las tenías que montar tú en casa. Su cara era un poema, pero creo que mi obligación era explicarle la realidad con la máxima crudeza.
En el almacén estuvimos unos quince minutos, esperando los dos sobrecolchones, pero sólo nos entregaron uno porque, según nos dijeron, no había más existencias.
- ¿Y esto no lo sabía el ordenador de la tienda cuando nos lo han vendido? – Pregunté –
- No se preocupe. Se le abonará el dinero del que falta. – Respondió el empleado.
El empleado-íncubo, sabía perfectamente que eso no era lo que me preocupaba. Mi mente se había bloqueado pensando en que habría que volver otro día. Me volví hacia mi hijo y le dije que no se preocupara, que la próxima vez volvería yo sólo. Su expresión reflejó alivio, y pensé que, aunque estaba creciendo, otra visita a IKEA podría provocarle la aparición de las primeras canas, y debe envejecer paso a paso.
Al salir del almacén me pareció oír la sardónica risa de los súcubos e íncubos, al más puro estilo de las películas de terror.
No podía permitir que una imagen tan dura quedase grabada en el recuerdo de mi hijo, así que los llevé a comer a un McDonald del centro y, al terminar, dimos un paseo por la calle Montera.